¿Cuántos amigos tienes en Facebook? Si son más de 150, es que no son amigos

¿Cuántos amigos tienes en Facebook?
Si son más de 150, es que no son amigos

Según el antropólogo Robin Dubar la especie humana solo puede interactuar con un máximo de 147,8 individuos. Una cifra que si se redondea se acerca con bastante realismo al número de invitados de nuestra boda o a las personas que podríamos llamar por teléfono sin necesidad de explicar quiénes somos. Así que por mucho brillo que tengan las cifras millonarias de seguidores en redes sociales, es crucial entender que la clave de tu reputación online depende -por encima de todo- de la calidad de tus followers o del contenido que publicas.

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Un antropólogo británico, Robin Dunbar, publicó en 1992 en el Journal of Human Evolution que la especie humana sólo puede interactuar con un máximo de 147,8 individuos. Ese círculo lo conformarían amigos, colegas de trabajo, clientes, familiares y vecinos. Una cifra que, si se redondea, identificamos fácilmente haciendo un ejercicio: escribamos en un papel el número de personas, por ejemplo, que invitaríamos a una boda. O a los que podríamos llamar por teléfono sin necesidad de explicar quiénes somos. Si lo pruebas, te sorprenderás. No te saldrán más de 200 en ningún caso.

La hipótesis de Dunbar es que las relaciones sociales de los primates, y por tanto de los humanos, están vinculadas al volumen del neocórtex cerebral. De hecho, las comunidades humanas más básicas -la aldea, el clan o las unidades militares- reúnen una media de 150 individuos. La sociabilidad no tiene que ver con nuestro encanto personal, sino con nuestra capacidad craneal. Y nuestro neocórtex, por mucho que se empeñen Mark Zuckenberg y Jack Dorsey, no da para más.

Los círculos sociales en que LinkedIn clasifica nuestro entorno de relaciones profesionales se acercan más a la realidad que la acumulación. No ocurre lo mismo con Twitter, Facebook o Instagram que no parecen admitir otro instrumento de medición que la báscula.

LA REPUTACIÓN ESTÁ EN LA CALIDAD

La reputación, ciertamente, no la podemos medir por el número de seguidores en las redes sociales, sino por la calidad de éstos y por el contenido que compartimos. Siempre es más relevante lo que subimos a las redes (lo que publicamos) que lo que bajamos.

Y un número desproporcionado de seguidores o amigos, salvo que seamos personas relevantes en nuestra profesión, es un síntoma de que algo estamos haciendo mal. Los círculos sociales en que LinkedIn clasifica nuestro entorno de relaciones profesionales se acercan más a la realidad que la acumulación, a veces sin sentido, de seguidores y amigos. La red que vamos tejiendo en Linkedïn, mucho más racional que las otras al tener claramente un objetivo profesional y reputacional, clasifica nuestro ecosistema en contactos de primera, de segunda y de tercera.

No ocurre lo mismo con Twitter, Facebook o Instagram, que parecen no admitir otro instrumento de medición que la báscula. Decía John Carlin hace tiempo en un interesante artículo que Twitter (a lo que añadiríamos hoy Instagram) es una red más ajustada al perfil del narcisista. El tuitero tiene que demostrar al máximo número de gente posible lo listo, gracioso o ingenioso que es. Según Carlin, Twitter es más cerebral que Facebook, aunque con el tiempo se ha ido convirtiendo, por desgracia, en una herramienta de desahogo parecida a las gradas de los estadios o las barras de bar.

El problema es que el trasvase de usuarios de unas redes a otras se produce sin necesidad de leer un manual de instrucciones. Clicamos, por supuesto, en las normas de uso que nadie lee y migramos de red social con el libro de estilo de la red anterior.

Facebook, por el contrario, es exhibicionista y corporal: ahí narramos nuestras hazañas, exhibimos a nuestras parejas, amigos e hijos, las fotos de las vacaciones o el cruasán que desayunamos. Coincido básicamente con Carlin, pero vengo observando en los últimos tres años que los usuarios, sobre todo más jóvenes, irrumpen en Twitter con una espontaneidad y desinhibición más propias de redes cerradas de las que provenían, como Tuenti, Messenger y Whatsapp. Es decir, rompe la etiqueta que hasta hace poco tiempo nos habíamos forjado los usuarios de Twitter.

Twitter no es ciertamente el comedor de Downton Abbey, pero en internet imperaba hasta ahora una especie de derecho consuetudinario muy saludable: las reglas las imponíamos los usuarios. Se bloqueaba (expulsaba) a los maleducados o acosadores, ahora llamados “haters”. Y los perfiles de usuario eran serios y realistas.
El problema es que el trasvase de usuarios de unas redes a otras se produce sin necesidad de leer un manual de instrucciones. Clicamos, por supuesto, en las normas de uso que nadie lee, pero no seguimos ningún curso ni nos paramos a pensar qué queremos comunicar en cada red nueva a la que nos lanzamos. Así que migramos de Facebook a Twitter, o de Twitter a Instagram, con el libro de estilo de la red anterior.

Atentos a los próximos meses, porque hasta ahora Instagram era una red respetuosa, exclusiva y hípster. Con la migración masiva que se está produciendo, empezaremos a notar el cambio muy pronto. No migran los 150 amigos de Dunbar de una red a otra. Nuestro círculo es sedentario desde hace unos cuantos miles de años. Los que migramos somos los usuarios, con nuestras virtudes y defectos, a la conquista de nuevos territorios. Instagram es el nuevo Eldorado.